miércoles, 2 de junio de 2010

LA PROFECÍA DE BARUC


Baruc era el discípulo amado y secretario del profeta Jeremías que había nacido en Jerusalén en una familia judía de alto rango.
En la revuelta y rebelión de los judíos donde fue asesinado el gobernador caldeo-babilonio Godolías huyó con Jeremías a Egipto y con el pueblo ante las represalias de Nabucodonosor.
A la muerte de Jeremías en Tafnis de Egipto pasó a acompañar a los deportados en Babilonia y allí compuso su librito de profecías, breve pero precioso, con 6 capítulos. El último capitulo sexto lo ocupa a modo de apéndice la famosa
“carta de Jeremías” a los cautivos animándolos a que no caigan en la idolatría.
El cuerpo y núcleo del libro de Baruc cuenta las circunstancias y la realidad histórica de su pueblo en aquel momento: la infidelidad y los pecados del pueblo, de los reyes y de los sacerdotes provocaron el justo castigo de Dios con el cautiverio; el pueblo judío sufre y confiesa su pecado y pide misericordia; pero después de un largo y duro exilio el Señor le dará la libertad, el gozo y la alegría del retorno y de la restauración.
Al final el capitulo sexto contiene la “Carta de Jeremías” que les anuncia y predice que lograrán la libertad y los exhorta a huir de idolatra.
Ahora vosotros veréis en Babilonia que estáis rodeados de dioses fabricados de oro, de plata, de madera y de piedra, llevados a hombros y que causan un temor respetuoso a las gentes.
Guardaos vosotros –pueblo de Dios- de imitar lo que hacen los extranjeros de modo que lleguéis a temerlos y respetarlos.
L lengua de esos ídolos está muda y seca y no hablan.
Esos dioses con sus sacerdotes, barraganas y rameras no saben ni pueden librarse del orín y de la polilla.
Sus gentes y sus sacerdotes rugen dando gritos en la presencia de esos ídolos dorados y plateados y ellos no sienten ni escuchan. Su culto es como una cena o un convite delante de un muerto.
Adornados y vestidos brillantemente son como las piedras del monte.
Aunque a los ídolos le hicieran algún bien o algún mal no pueden volver la paga correspondiente, no pueden dar riqueza ni tomas venganza de nadie.
Son fabricados por manos de hombres, por carpinteros y plateros y nunca serán más que aquello que quieran sus sacerdotes y sus rameras.
Más que ellos valen las bestias del campo que pueden defenderse y refugiarse por si mismas. Ellos y sus estatuas, si caen no pueden levantarse si alguien no los pone de pie.
Castigados y confundidos serás todos esos adoradores falsos porque les falta vuestra luz y vuestra sabiduría.
Baruc envió su profecía –su librito- junto con limosnas y algún dinero a los judíos de Jerusalén para que ofreciesen sacrificios y holocaustos por ellos y por la salud de Nabucodonosor y de su hijo Baltasar.
Manuel Latorre de Lafuente

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