domingo, 24 de julio de 2011

DECANOMIA


Esta palabra griega “Decanomía” se usa en jurisprudencia para
referirse a un conjunto o recopilación de “diez normas, leyes o mandatos”.
Procede del griego “deka” que es diez y “nomos” que es ley.

Dios, infinitamente sabio, no dispone más que de “diez leyes o mandamientos” para regir, gobernar y conducir a la humanidad hacia la felicidad terrena y eterna. Son pocas las leyes divinas, pero bastan para controlar a todos los hombres de todas las razas y de todos los
tiempos. “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos” nos recuerda el Señor.

Son unos preceptos de la ley natural impuestos por Dios a cada
hombre. Se fundamentan en que Dios es Dueño y Señor de la tierra y por supuesto de los hombres, con más autoridad y poder que ningún otro legislador.

Esta “decanomía” protege nuestros derechos y también los de nuestros prójimos. Son leyes universales válidas para todos los hombres y es necesario cumplirlas todas. No basta decir “yo no robo ni mato”.
Al fallar uno sólo se viene abajo todo el puente y el andamiaje. Al quebrantar uno sólo se hace reo de todos. Son la base de toda moral individual y social; es el programa y política más completa y más perfecta para conseguir la paz de los pueblos, familias y naciones.

Si uno lucha por cumplirlos es mucho más feliz que si no se
cumplen. Las mayores tragedias de la historia ocurren porque no se guardan. El desprecio a estas leyes es una de tantas causas de las  desgracias, hambres, guerras, disgustos, lágrimas y penas en este mundo. Asimismo destruye automáticamente la verdadera y auténtica felicidad, la unidad de la familia, la fidelidad matrimonial, la educación de los hijos, el respeto a la vida, la normalidad sexual, la honradez, la verdad, la religión y la moral.

El hombre que intenta organizar la sociedad y el progreso al margen de la ley divina, al final va contra el mismo hombre.

Los mandamientos no son “prohibiciones caprichosas” como algunos
pretenden y defienden, sino que son normas sabias, razonadas y
cariñosas como las señales de tráfico o los carriles del tren o las ruedas para los automóviles que jamás resultan dañinas y perjudiciales sino más bien útiles y necesarias.

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