jueves, 28 de julio de 2011

DIOS HABLA

Siempre es difícil escuchar, pero escuchar a Dios es más difícil todavía.

Vivimos inmersos entre unaserie de ruidos por dentro yporfuera,
pero para escuchar se necesita silencio. Vivimos con mucha velocidad
y vértigo.

Dios es también “Verbum” es decir Palabra. Dios habla, solo Dios habla. Pero Dios como el esposo lleva al alma —la esposa— a la soledad, al tálamo, al silencio y le habla al corazón.

Dios es el que más habla y no solamente cuando truena, habla porla naturaleza, por su altavoz —el hombre—. Dios habla por medio de su palabra escrita —la Biblia— Dios habla por la oración. Dios habla multifariam multis modis… siempre y de muchas maneras. Al final y en definitiva habla por medio de su hijo hecho carne —el Verbum— Jesucristo que es único camino, verdad y vida y su palabra son eternas.

Ya no hay que escuchar nada más porque nadie sabe nada,absolutamente todas las palabras, ofertas y soluciones no sirven ni aquietan al hombre. Pasarán los cielos y toda la tierra pero mis palabras no pasarán.

Todos los santos —los expertos en la escucha de la Palabra de Dios— nos cuentan que ellos empiezan a escuchar allá donde las criaturas ya no saben decir más y responden: “Aquí estoy, Señor, habla que tu siervo o tu sierva escucha..." Y Dios comienza a hablar y el hombre va agotando todas sus preguntas y se hace todo oidos, y escucha, y escucha.... y Dios habla y habla, porque solo Dios sabe y la Palabra es eterna.
Este muindo nuestro necesita silencio y serenidad, es tal y tanto el atolondramiento que nos ensordece, aturde y enmudece a la Palabra de Dios.
El silencio es tan necesario como la música.Como nos enseña aquel reloj de los foros romanos que lleva aquella inscripción: " Horas non numero, nisi serenas....No marco, no cuento más que las horas serenas.... porque el reloj sabe que la voz de Dios es dulce y suave.... 

lunes, 25 de julio de 2011

DE UTILITATE CREDENDI

Con este título “De utilitate credendi” escribía una gran obra literaria San Agustín en el año 412 a su amigo maniqueo Honorato.

Intenta exponer y desarrollar un tema capital y transcendental que le
interesa a todos los hombres en cualquier tiempo y lugar. Responde a las preguntas: ¿Por qué creer? ¿Para qué creer? ¿Qué provecho o ventajas,
qué utilidad tiene el creer?

San Agustín en sus nueve años que militó en la secta maniquea
arrastró consigo a tres amigos Alipio, Rominiano y Honorato.

Alipio se convirtió y se bautizó junto con Agustín en el año 387. A Rominiano le dedica otra conocida obra de “Vera religione” en la que intenta arrancarlo de la secta.

Con esta obra “De utilitate credendi” busca ansioso a su amigo
Honorato, forzando y apurando su conversión. Expone la táctica
engañadora y racionalista de los maniqueos y ataca su doctrina y
filosofía. Le habla magistralmente de la necesidad de la urgencia, de la sensatez y de la racionalidad de la fe cristiana. Hasta en la vida humana y en la convivencia social es necesaria la “fe”, la confianza y el fiarse. La fe es un elemento vital, básico y fundamental en el devenir de la vida humana.

Creemos a los maestros, a los historiadores, a los sabios, a los
médicos, a la Banca, al hombre del tiempo ¿Por qué no creer y fiarse de Cristo o de la Iglesia Católica?. Esta es la única fe que nos salva.

Ataca a los libre-pensadores. Contra la exégesis rigurosamente
literalista de los maniqueos aclara y demuestra que la interpretación de la Sagrada Escritura hay que buscarla y pedirla no a los enemigos de Cristo y falsos profetas, sino a los amigos y seguidores de la Iglesia, la única que tiene autoridad y poder sobre las Escrituras. Solo la Iglesia Católica es la verdadera depositaria e intérprete competente para explicar el sentido de las Escrituras.

Frente al absurdo dualismo maniqueo, defiende San Agustín la
unidad física, sicológica y religiosa del hombre. No hay que buscar un Dios, causa y origen del mal sino que el mal tiene su “causa” en la herida voluntad del hombre y que hay un solo remedio y terapia: Cristo.

domingo, 24 de julio de 2011

DE VERA RELIGIONE


Con este título se conoce una de las grandes obras literarias de San Agustín. “De vera religione” es un libro escrito a su amigo mecenas hereje-maniqueo Rominiano sobre el año 380.

Pretende ayudarle Agustín en la obscura y difícil búsqueda de la verdad y de la única y verdadera religión, problema capital e importante en todo tiempo y geografía para todos los hombres que tienen la suerte de habitar y vivir en este planeta tierra.

Tarea y problema fundamental que está ahí siempre y según sea la respuesta así será la trayectoria de la historia y de los hombres.

El hombre necesita y busca una religión y solo hay una que es buena y verdadera.

San Agustín pretende demostrar en esta obra “De Vera religione” que la única y verdadera religión es la cristiana y que esta religión cristiana no se halla mas que en la religión católica. Es verdad que esta pretensión molesta, pero el problema no vamos a resolverlo los humanos —será imposible—. El problema le interesa y lo resuelve Dios, autor, agente, protagonista y causante de la religión.

Evidentemente que ese Dios Omnipotente arregla ya coge todo lo bueno y santo que hay en el corazón de cualquier pigmeo, pagano o católico.
Dios creó a los hombres no para divertirse a costa de ellos como monos o monas de Dios para hacerle cosquillas —dificultades, cargas y problemas— sino para ser personas e incluso “hijos de Dios”.

Cuenta Agustín a su amigo Rominiano: “Escribí en aquel un libro de “vera religione” en el cual demostré con muchos y abundantísimos argumentos que se debe dar culto a la verdadera religión del único Dios verdadero, es decir, a la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dije también que la verdadera religión es la religión cristiana que fué otorgada a los hombres por la inmensa misericordia de Dios y que todo hombre debe estar dispuesto por cierta necesidad a dar culto a Dios”.

Este libro forma parte de un pentateuco o grupo de cinco libros que San Agustín escribió a algunos amigos y colegas que militaban en las falsas sectas maniqueas.

Agustín, antes de su conversión al catolicismo había estado atrapado en las redes de la herejía maniquea.

DESEO DE DIOS


La última y fundamental razón por la que el hombre es grande y exige tanta dignidad y respeto es por el parentesco y comunión que tiene con Dios. Lleva dentro un deseo innato inserto en el corazón
que le tira y le inclina hacia Dios.

Siempre le aflora a lo largo de su vida esa tendencia, reclamo, vocación o llamada por parte de Dios. Dios le atrae al hombre como un imán en medio de los trabajos, alegrías, tristezas, dolor y muerte.
Jamás el hombre se encuentra tranquilo mientras no encuentra el “placet” y respuesta de Dios como dice San Agustín.

Es natural esta atracción y dependencia del hombre hacia a Dios pues lo creó por amor, quiere que ande en el amor y lo destina finalmente para el amor.

Dios lo lleva de la mano como un padre al niño pequeño, rebelde y corre veidile que siempre intenta escapar de la mano y salirse del camino y de la pista del amor.

La historia humana se reduce a esto: contar y narrar los comportamientos y hazañas de los hombres cuando se acercan a Dios
o cuando se alejan de El. Luces y sombras que van haciendo real el innato deseo de Dios que el hombre lleva dentro. Religiones, creencias y comportamientos religiosos en todos los siglos y en el mundo entero que hacen definir al hombre como un “ser religioso”.
Dios —como Padre y Amor— no deja jamás de llamar, buscar e incitar a todo hombre para que viva en el amor y encuentre la
dicha y la felicidad. Pero Dios quiere que el hombre haga todo esto libremente— no forzado ni atado por las narices y —triste y paradogicamente— es el hombre, la única creatura que puede olvidar y rechazar a Dios. Entonces las consecuencias saltan inmediatamente a la vista: el hombre es como las piezas sueltas de un reloj o un hueso fuera de sitio o un elefante suelto en una tienda de cacharros.

DECANOMIA


Esta palabra griega “Decanomía” se usa en jurisprudencia para
referirse a un conjunto o recopilación de “diez normas, leyes o mandatos”.
Procede del griego “deka” que es diez y “nomos” que es ley.

Dios, infinitamente sabio, no dispone más que de “diez leyes o mandamientos” para regir, gobernar y conducir a la humanidad hacia la felicidad terrena y eterna. Son pocas las leyes divinas, pero bastan para controlar a todos los hombres de todas las razas y de todos los
tiempos. “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos” nos recuerda el Señor.

Son unos preceptos de la ley natural impuestos por Dios a cada
hombre. Se fundamentan en que Dios es Dueño y Señor de la tierra y por supuesto de los hombres, con más autoridad y poder que ningún otro legislador.

Esta “decanomía” protege nuestros derechos y también los de nuestros prójimos. Son leyes universales válidas para todos los hombres y es necesario cumplirlas todas. No basta decir “yo no robo ni mato”.
Al fallar uno sólo se viene abajo todo el puente y el andamiaje. Al quebrantar uno sólo se hace reo de todos. Son la base de toda moral individual y social; es el programa y política más completa y más perfecta para conseguir la paz de los pueblos, familias y naciones.

Si uno lucha por cumplirlos es mucho más feliz que si no se
cumplen. Las mayores tragedias de la historia ocurren porque no se guardan. El desprecio a estas leyes es una de tantas causas de las  desgracias, hambres, guerras, disgustos, lágrimas y penas en este mundo. Asimismo destruye automáticamente la verdadera y auténtica felicidad, la unidad de la familia, la fidelidad matrimonial, la educación de los hijos, el respeto a la vida, la normalidad sexual, la honradez, la verdad, la religión y la moral.

El hombre que intenta organizar la sociedad y el progreso al margen de la ley divina, al final va contra el mismo hombre.

Los mandamientos no son “prohibiciones caprichosas” como algunos
pretenden y defienden, sino que son normas sabias, razonadas y
cariñosas como las señales de tráfico o los carriles del tren o las ruedas para los automóviles que jamás resultan dañinas y perjudiciales sino más bien útiles y necesarias.

DECANOMIA 3 : CRISIS ACTUAL

                                                                    MVI  -  1015 





Toda crisis es crisis del hombre. Ya finales del siglo XX está surgiendo
un nuevo tipo de hombre. Esta crisis actual es tan profunda porque se
está agotando la concepción del hombre moderno y está apareciendo
el hombre contemporáneo. Dice Ortega y Gasset que la crisis consiste
precisamente en no saber lo que nos pasa.

El hombre es el ser más rico e importante de la creación y está
por lo tanto abierto a la transcendencia. Nos recuerdan los filósofos:
Homo, transcende te ipsun…”. Al hombre no podemos separarlo de la
transcendencia, pues es, algo constitutivo y ontológico. No podemos
desplumarlo y desmarcarlo de lo divino ni impedirlo en sus proclives
relaciones libres y amorosas con Dios.

Es peligroso confundir las crisis con las modas o ensayos u otras
ligeras diatribas o tanteos. Ni lo viejo por ser viejo ni lo nuevo por
ser nuevo constituyen en sí mismos criterios de verdad. En toda
crisis podemos perder de vista los elementos constitutivos, básicos y
fundamentales e inmanentes del hombre: la mismidad y la alteridad,
la libertad y la autoridad, la libertad y la ley. Antes había un orden, es
verdad, pero era ¡demasiado orden! Impuesto y desde arriba y abusando
de los prejuicios y de las ignorancias de la masa social. Ahora hay más
desorden pero puede llevarnos —eso esperamos— al verdadero orden
provisional y efímero. La libertad integral es el signo de nuestro tiempo.
La crisis y empresa por buscar la libertad es difícil y arriesgada, pero
vale la pena todo esfuerzo y riesgo.

En estos momentos de crisis no podemos lamentarnos con
nostalgias facilonas de otros tiempos que no fueron mejores ni peores
sino simplemente distintos. La pretendida libertad que buscamos aún
dentro de la crisis actual debe ayudarnos a ser mejores. Tenemos que
acostumbrarnos a vivir la enhorabuena de la libertad pero con ley. Una
libertad sin ley no es libertad. Libertad no es capricho, ni instinto ni
fuerza bruta. La libertad humana es una libertad limitada. Una libertad
sin ley se destruye a si misma, es utópica, quimérica y vaporosa. Libertad
sin ley es libertinaje y anarquía. Todos juntos arrimando el hombro
podemos hacer que esta nuestra crisis actual desemboque en un orden
más justo.